Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Otro día fue a ocuparse del trabajo de la presa y volvió por la noche. Entonces oyó a una mujer que gritaba: «¡Ven, Estibador!». Hizo que se hicieran averiguaciones y vio que era el nombre de un muchacho pobre, cuya madre le había llamado para que fuera a cenar. Se lo compró a sus padres por treinta monedas de plata y al día siguiente se lo llevó al río. Le echaron a las aguas y los cientos de trabajadores tuvieron que ponerse inmediatamente a construir con la tierra. Al instante habían cerrado la abertura de la presa y calmado el remolino. Entonces vieron, en medio del río, una mano monstruosa flotando, que mediría unas dos varas. Todos los trabajadores gritaron de miedo, pero el vigilante y sus empleados se pusieron de rodillas y rezaron. Desde entonces se llamó al muchacho el dios del río.
Hace unos cien años, el río Amarillo volvió a provocar una fisura en la presa. El castigo del vigilante fue perder su posición social y le condenaron a que reparara la presa. Pero la grieta no se podía cerrar de forma alguna. El hombre era fiel y de nobles sentimientos, y pasaba día y noche trabajando. Siempre que estaba a punto de cerrar la fisura, ésta se reventaba y el agua volvía a entrar por el nuevo agujero. Él seguía al lado de los empleados, aterido, sin enfadarse. Sus esclavos tenían que llevarle en brazos a casa.