Cuentos Chinos
Cuentos Chinos No había expresado en voz alta sus pensamientos, cuando vio que la culebrilla del altar desviaba la vista de la escena al altar en el que ardían dos velas enormes. Eran velas de un peso mayor de diez libras y tan gruesas como un árbol pequeño. Su fuego ardía como si fuera el de una antorcha. La serpiente estiró la cabeza y la puso en medio de la llama. La llama medía una buena pulgada y ardía con un fuego rojo. De repente cambió al color azul y se dividió en dos lenguas. La vela era tan grande y su fuego tan fuerte, que hubiera podido fundir el cobre o incluso el hierro, pero a la serpiente no le hizo nada.
Luego se arrastró hacia un soporte de incienso. El soporte era de hierro, tan grande que no era posible rodearlo con ambos brazos. La tapa mostraba un trabajo calado con ornamento de dragones. La serpiente se arrastró entre los agujeros de la tapa, recorriéndolos todos, de forma que parecía un bordado con hilos de oro. Al final había cubierto todos los agujeros de la tapa, los grandes y los pequeños. Para hacerlo hubiera debido medir unas buenas docenas de pies de largo. Luego volvió a levantar la cabeza y a mirar la representación.
El sabio se asustó, se inclinó dos veces y rezó: «Gran rey, te has molestado sólo por mí. Te adoro con toda mi alma».
Apenas había pensado estas palabras, la serpiente volvió al platillo y era tan pequeña como antes.