Cuentos Chinos

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La reina le respondió: «Mi raza vive desde hace siglos en las profundidades del mar del Este. Luego nos sucedió la desgracia de que nuestros tesoros despertaran la codicia de los hombres. El antepasado de Pi-Lo aniquiló casi por completo a los nuestros quemándolos con fuego. Nuestros antepasados tuvieron que huir y esconderse. No era cuestión de tomar venganza. Hace poco, nuestro enemigo Pi-Lo en persona ha querido ir a entregar una misiva real de parte del emperador. Con la excusa de traer perlas y tesoros ha querido introducirse en el castillo de los dragones y terminar de quemar a nuestra raza. Por suerte, un sabio ha descubierto sus alevosas intenciones y le ha impedido ir. En lugar de él, envió a Lo Dsi-Tschung y a sus hermanos. A pesar de todo, los nuestros no se sienten a salvo de los futuros daños que los vuestros podrán causarles, por lo que se han marchado muy lejos, hacia el oeste. Mi padre ha hecho muchos favores a los humanos y es muy honrado. Yo soy su novena hija. Con dieciséis años me casaron con el hijo pequeño del dragón del campo. Mi buen marido era un ser muy violento; por lo que muy a menudo atacaba los buenos lugares, y, antes de que yo viviera un año con él, el cielo le castigó. Yo me quedé sola y volví a la casa paterna. Mi padre quiso casarme por segunda vez, pero yo quería serle fiel a mi marido y juré que no seguiría el consejo de mi padre. Mis padres se enfadaron y tuve que apartarme de ellos. Ahora hace tres años de ello. ¿Quién iba a pensar que un dragón corriente, como Tschauna, que buscaba esposa para su hermano pequeño, iba a obligarme por la fuerza a aceptar el regalo nupcial? Yo rehusé aceptarlo, pero Tschauna supo acercarse a mi padre y decidió seguir adelante con su propuesta. Mi padre, sin preocuparse de si yo quería o no hacerlo, me habló de él. Entonces llegó el dragón Tschauna con su hermano pequeño y quería obligarme con las lanzas. Yo le planté cara con mis cincuenta seguidores y luchamos en la era que hay delante de la ciudad. Fuimos vencidos y ahora tengo miedo de que el muchacho me quiera producir tal daño que no pueda dejarme ver nunca más por mi difunto esposo. Por eso he tenido el valor de rogaros que me alquiléis tropas para rechazar al enemigo y poder conservar mi estado de viudez. Si me ayudáis, os estaré agradecida hasta el final de mis días».


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