Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Dschou Bau le respondió; «Vos sois de una noble raza. ¿No tenéis parientes que cuando padecéis tal necesidad se apresuren a daros su ayuda, en lugar de tener que dirigiros a un hombre mortal?».
«Es cierto que mi raza es numerosa y conocida. Si yo enviara una carta y vinieran en mi ayuda, aplastarían a Tschauna, esa escamilla, como si fuera un diente de ajo. Pero mi difunto esposo pecó ante el cielo; y todavía no ha sido perdonado. Además tengo la voluntad de mis padres en contra, de forma que no puedo pedir ayuda a mi familia. Ya entenderéis en qué necesidad me hallo». Entonces Dschou Bou le prometió su ayuda, y la princesa le dio las gracias y se despidió.
Cuando despertó, suspiró largamente a causa del extraño suceso. Al día siguiente envió quinientos soldados al lago de las Muchachas para que estuvieran alerta.
Al séptimo día del sexto mes, se levantó Dschou Bau temprano. Todavía se veía oscuridad a través de la ventana, pero sin embargo le pareció ver a un hombre delante de la cortina. Le preguntó quién era. Él contestó; «Soy el consejero de la princesa. Ayer tuvisteis la bondad de enviarnos soldados para ayudarnos en el problema en que nos encontramos. Pero todos ellos son hombres vivos. No pueden esgrimir armas contra los seres invisibles. Debéis enviar soldados muertos, y entonces podrán servirnos de ayuda».