Cuentos Chinos
Cuentos Chinos La esclava le dijo: «Es fácil de resolver. No tenéis que preocuparos por eso, ¡señor! Voy a ir al encuentro de Webo y voy a ver lo que ocurre. Ahora es la primera guardia. Si me marcho ahora, podré estar de regreso en la quinta guardia de la noche».
«Si no consigues nada —repuso el conde—, vas a empeorar todavía más el problema».
«El fracaso es totalmente imposible», le contestó la esclava.
Luego fue a su habitación y se preparó para emprender el viaje. Peinó sus cabellos negros como los cuervos, los anudó en un moño sobre la nuca y los sostuvo con horquillas de oro. Luego se puso una túnica corta bordada con hilos púrpura y se calzó unos zapatos trenzados de seda negra. En el seno escondió un puñal con líneas de dragones y en la frente escribió el nombre de un dios poderoso. Se inclinó ante el conde y desapareció.
El conde se sirvió vino, mientras la esperaba. Y cuando despuntaba la estrella del amanecer, la esclava se movió con la ligereza de una hoja temblorosa y le hizo una reverencia.
«¿Ha ido todo bien?», le preguntó el conde.
«No ha habido ningún problema en la tarea», le contestó la muchacha.
«¿Has matado a alguien?».