Cuentos Chinos

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«Yo era un comerciante de algodón en la época de Kanghis y encontré la muerte aquí cuando me encontraba de camino. Mi alma vive en el templo que hay junto al río. Conmigo viven además de mí otras doce almas sin hogar. Como no habíamos cometido graves pecados, podemos movernos. Las ofrendas que se hacen en el pueblo nos llegan bien».

Ellos le preguntaron: «¿Las ofrendas para los dioses de la Ciudad y otros dioses están siempre destinadas a un dios determinado? ¿Cómo vosotros, almas sin nombre, podéis mezclaros entre esos dioses?».

La respuesta fue: «El dios protector de la Ciudad y los otros no entran sin más en la casa de la gente. Las ofrendas que les dan allí, se quedan sin tocar. Entonces las utilizamos nosotros».

La pregunta siguiente fue: «Cuando vosotros, los que no tenéis nombre, os coméis las ofrendas de los dioses celestes y ellos se enteran, ¿no os castigan?».

«¡Qué les importan a los dioses celestes esas ofrendas! Sólo son costumbres de uso entre hombres insensatos. Es corriente que los demonios tomen posesión de un cuerpo humano para obligar a que les ofrezcan dones de los que alimentarse, e incluso a ellos no les ocurre nada. Así que las criaturas celestiales deben preocuparse aún menos cuando nos servimos de las ofrendas alimenticias destinadas a ellos. El té y el vino que me han conseguido ni siquiera lo he obtenido por coacción».


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