Cuentos Chinos

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Los oficiales acataron la orden y se alejaron. Él gritó entonces: «¡Que venga Atsi!». Y entonces se acercó un joven oficial desde la izquierda de la casa. Los que trabajaban en el albergue cerraron las puertas y se retiraron. Atsi acompañó al de la barba larga a la puerta que estaba a la izquierda, por cuya grieta se veía la luz de una lámpara. El comerciante salió de puntillas de su cuarto y Ies observó por la rendija. Dentro de la habitación había una cama de bambú sin sábanas ni almohadas. La lámpara estaba en el suelo. El de la barba larga se cogió la cabeza con las manos, se la quitó y la puso en la cama. Atsi le cogió luego los brazos, que también se desprendieron, y los puso con cuidado en su sitio al lado de la cabeza. Entonces el anciano se echó a través de la cama. Atsi le cogió el cuerpo, que se rompió por las caderas, y lo dividió en dos segmentos que cayeron al suelo. La lámpara se apagó en cuanto cayeron. El comerciante, muerto de miedo, se dio prisa en volver a su cuarto, se cubrió el rostro con las mangas y se acostó. Pasó toda la noche desvelado. A lo lejos oyó cantar al gallo. Tuvo un escalofrío, retiró las mangas de la cara y vio que el cielo empezaba a aclararse. Echó una ojeada a su alrededor y se vio en medio de la maleza. A su alrededor sólo había campo sin cultivar, no se veía casa alguna ni ninguna tumba. A pesar del frío, anduvo tres millas hasta que llegó al siguiente albergue. El posadero estaba en ese momento abriendo la puerta y le preguntó sorprendido que de dónde venía tan temprano. Él le relató lo que había ocurrido y quiso averiguar qué sitio podía ser aquél en el que había pasado la noche. «En los alrededores hay por todas partes antiguos campos de batalla —fue la respuesta—; aquí se ven algunas apariciones».


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