Cuentos Chinos

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El joven volvió a su hogar. No se atrevía a ir al cuarto de estudio, así que durmió en el cuarto de dentro. Colgó el hisopo encantado.

Debía de ser la primera ronda de la noche cuando oyó en la puerta un ruido de cadenas. Él mismo no se atrevió a ir a ver lo que ocurría, y mandó a su mujer. Ella vio a la muchacha que venía, pero cuando vio el hisopo no se atrevió a entrar. Se quedó de pie delante y le rechinaban los dientes. Estuvo así un largo tiempo y luego se marchó.

Un poco más tarde volvió y dijo en tono retador: «El sacerdote quiere asustarme, pero yo no me asusto. Antes me lo como y lo escupo».

Cogió el hisopo y lo rompió. Luego abrió la puerta con fuerza y entró. Se dirigió a la cama del hombre, le rasgó el cuerpo, cogió su corazón y desapareció.

La esposa llamó a la criada. Trajeron luz; pero el hombre ya había muerto. Sangraba a borbotones del pecho. La mujer tuvo miedo y sollozó en voz baja. Al día siguiente envió al hermano de su marido a informar al sacerdote.

El sacerdote estaba encolerizado: «He tenido piedad de ella, y ¡vaya una frescura la de la diablesa!». Mientras lo decía, acompañaba al hermano a la casa. La muchacha había desaparecido. El sacerdote alzó la cabeza y miró en todas direcciones.


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