Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Había que lavar el cadáver del esposo y prepararlo para el entierro. La gente de la casa se mantenía apartada y miraban sin atreverse a entrar. La mujer abrazó el cadáver, puso en orden las vísceras y se echó a llorar. Lloraba tan fuerte que la voz se le atragantaba en el pecho y se ahogaba. De repente sintió que el terrón que estaba en su pecho subió y salió, y antes de que tuviera tiempo para darse la vuelta, había caído en el agujero del pecho del difunto. Asustada, vio entonces que era un corazón humano, que se movía hacia delante y hacia atrás en el pecho. La respiración de la vida surgió como una nube de polvo. Ella estaba asombradísima y cerró con ambas manos la herida del pecho. Tuvo que empujar con todas sus fuerzas. En cuanto dejaba un poco el aire, se escapaba por la rendija. Rasgó su pañuelo de seda y se lo ató alrededor. Cuando tocó con la mano el cadáver, vio que se iba calentando paulatinamente. Lo cubrió con una manta. Cuando volvió a verlo a media noche, respiraba por la nariz; al romper el día había vuelto a la vida. Lo único que dijo es que tenía un recuerdo desdibujado como en los sueños. Sentía también un dolor sordo alrededor del corazón. La herida se había cerrado. Había una cicatriz del tamaño de una moneda. Finalmente sanó del todo.