Cuentos Chinos
Cuentos Chinos El viejo mendigo había perdido a su mujer a los cincuenta años y tenía un único descendiente. Era una muchacha que se llamaba Hijita de Oro. Tenía un rostro hermosísimo y él la quería como si fuera un tesoro. En su juventud había estudiado. Sabía escribir, componer poesías y narrar historias; también era experimentada en las labores femeninas; estaba dotada para el canto y la danza y para tocar la flauta y el arpa. El viejo príncipe de los mendigos quería por encima de todo un esposo cultivado para su hija, pero como era el príncipe de los mendigos, las familias acaudaladas lo rechazaron y él no quería nada con las que eran menos importantes. Así es que la muchacha había alcanzado los dieciocho años de edad y todavía no estaba prometida.
Por aquel entonces vivía en Hangtschou, cerca del puente de la Paz, un sabio que se llamaba Mosü. Tenía veinte años y se hacía querer en todas partes por su belleza y por sus dotes. Sus padres habían muerto y era tan pobre que apenas podía vivir. Hacía mucho que la casa y los bienes se habían empeñado o vendido, y él vivía en un templo abandonado y algunos días se acostaba sin haber calmado el hambre.
Un vecino tuvo piedad de él.