Cuentos Chinos

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Y así transcurrió medio año. Había llegado la época de las lluvias vaporosas. Entonces le salió a Kung un tumor del tamaño de un melocotón en el pecho, y durante la noche le aumentó hasta alcanzar el tamaño de una taza. Impedido por el dolor, permaneció acostado sin poder comer ni dormir. El joven se ocupaba día y noche de cuidarle y también el anciano se informaba de su estado.

El joven dijo: «Esta enfermedad sólo puede curarla mi hermana Giauna. Envía a alguien a buscarla a casa de la abuela». El anciano estuvo de acuerdo y envió a su criado.

Al día siguiente volvió el criado con la noticia: «Giauna está de camino. La tía y la prima A-Sung vienen con ella».

Poco después, el joven hizo entrar a la hermana. Tenía trece o catorce años, era de una belleza que hacía enloquecer y tan delgada como la hierba del prado. En cuanto el enfermo la vio, olvidó todos sus dolores y se le puso la cara valiente.

El joven le dijo a su hermana Giauna: «Éste es mi mejor amigo, al que quiero como si fuera un hermano. ¡Hermanita, te ruego que le cures de su enfermedad!».

La muchacha enrojeció a causa de su timidez; luego se acercó a la cama del enfermo. Mientras le tomaba el pulso, le parecía que desprendía el perfume de las orquídeas.


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