Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Kung mientras tanto se hallaba en desacuerdo con un censor itinerante. Se quejaron de él y perdió su cargo. Un día, mientras daba un paseo por los alrededores de la ciudad, se encontró con un jovencito muy hermoso que iba montado en una muía negra. Al fijarse en él, vio que era su antiguo amigo. Se echaron, riendo y llorando, el uno en los brazos del otro y el joven le llevó a un pueblo. En medio de gruesos árboles que daban una espesa sombra, había una casa cuyos pisos llegaban hasta las nubes. A la primera ojeada se veía que era una vivienda rica. Kung pidió noticias de la hermana Giauna y le contestaron que se había casado. Se quedó a pasar la noche y luego se marchó a buscar a su mujer.
Giauna también había Negado entretanto; cogió en brazos al hijito de A-Sung y dijo riendo; «Prima, has mezclado nuestra estirpe con sangre extraña».
Kung la saludó y volvió a darle las gracias por la amabilidad que había tenido al curarle su enfermedad. Ella le contestó sonriendo: «Os habéis convertido en un hombre conocido y la herida hace tiempo que se cerró. ¿Todavía no habéis olvidado el dolor?».
Luego llegó el marido de Giauna y se hicieron las presentaciones. Más tarde se fueron cada uno por su lado.
Un día fue el joven preocupado a ver a Kung: «Hoy nos ha caído encima una gran desgracia —le dijo—. No sé si querréis socorrernos».