Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Kung apeló a las penalidades; pero el joven le respondió: «¡No tenéis que preocuparos de eso! Yo mismo voy a acompañaros».
Un poco más tarde se presentó el padre con A-Sung y le regaló cien doblones de oro. Al hacerlo, el joven les cogió a él y a su mujer de la mano y les dijo que cerraran los ojos. Se levantó un viento tormentoso en el aire. Él sólo se dio cuenta de que el viento zumbaba en sus orejas.
Un poco más tarde dijo: «Ya hemos llegado». Abrió los ojos y vio su antiguo hogar. Entonces supo que su amigo no era un ser humano.
Llamó alegremente a la puerta de su antigua casa. Su madre le abrió y, al ver que venía con una joven tan hermosa, se alegró enormemente. Él se dio la vuelta hacia su amigo, pero ya había desaparecido.
A-Sung sirvió a su suegra con gran aplicación, y su belleza y virtud se conocieron a lo largo y a lo ancho del territorio. El joven Kung se convirtió rápidamente en doctor y en el supervisor de prisiones de Schensi. Se llevó consigo a su mujer, pero dejó a la madre en casa porque para ella era un viaje muy largo. A-Sung le dio un hijo.