Cuentos Chinos

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Un día llegó casualmente Wu y la madre le encargó de que investigara lo que ocurría. Cuando Wu llegó al lecho del enfermo se le saltaron las lágrimas. Wu se dirigió a él y le habló con calma hasta que el otro le hubo contado todo el asunto. Wu sonrió: «Tu mente está también muy enferma. Hacer que tu deseo se cumpla no es difícil. Voy a preguntar por ella. Si ha ido a pasear a pie por los alrededores del pueblo es que no es de familia pudiente. Si no está prometida, seguro que podemos arreglarlo todo fácilmente. Por otro lado, creo que con una buena dote seguro que estará de acuerdo con tu voluntad. Ahora piensa en tu salud y el resto, ¡déjalo en mis manos!». Cuando Wang le hubo oído, no pudo por menos que sonreír a pesar de su voluntad. Wu se marchó e informó a la madre. Luego se puso a buscar a aquella muchacha. Pero fue en vano. No encontró huella alguna, por lo que la madre de Wang se puso muy triste y ya no veía solución. Sin embargo, la cara de su hijo había recobrado la serenidad; desde que Wu había hablado con él, incluso podía comer. Un día vino su primo de nuevo y él le preguntó qué había descubierto. Él empezó a contarle mentiras: «Ya la he encontrado. Es la hija de mi tía, así que también es prima tuya. No está prometida, aunque teniendo en cuenta que hay algunos prejuicios contra el matrimonio a causa de la proximidad de parentesco, seguro que sus padres estarán de acuerdo en cuanto se enteren de todas las circunstancias». La alegría le llegó al joven Wang hasta las pupilas y preguntó por la vivienda. Wu, sabiendo cómo era, le explicó: «Está en la montaña del Sur, a dos millas de aquí». Cuando Wang le hubo jurado que seguiría mejorando, el otro le prometió seguir adelante y después salió.


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