Cuentos Chinos

Cuentos Chinos

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Nadie supo nada de la decisión; se marchó él solo y no se encontró a nadie a quien hubiera podido preguntarle el camino. Cuando había andado ya dos millas en dirección a la montaña del Sur, se empezaron a amontonar rocas delante de él. La hierba clara se ofrecía refrescante a sus ojos, todo estaba en completa calma, lo único que se oían eran los pájaros que volaban de un sitio a otro. A lo lejos, en las profundidades del valle se veía un pueblecito que se encontraba edificado como si fuera un tupido jardín. Allí se dirigió. No había muchas casas y sin embargo eran verdaderamente bonitas y graciosas con sus techos de paja. Al norte había una casa delante de cuya puerta crecían unos sauces llorones. Los melocotoneros y albaricoqueros, mezclados con finos bambúes, se alzaban por encima de la pared, y los pájaros cantaban y piaban en sus ramas. Subió a un gran peñasco, liso y plano, que se encontraba frente a la puerta para descansar allí. Oyó repentinamente una voz de muchacha tierna y delicada que gritaba un nombre desde lejos y entonces vio a la joven, que iba hacia el oeste llevando una rama de flores de albaricoque en la mano, intentando con esfuerzo ponérsela en la cabeza, que llevaba inclinada. Pero en cuanto vio al muchacho, se paró un poco, y sonriendo se dirigió a la casa, mientras sus dedos jugaban con la ramita. Él pudo darse cuenta de que se trataba precisamente de la muchacha que se había encontrado en la fiesta de las linternas. Su corazón se llenó de alegría, pero no había ningún camino que le condujera hasta ella. En la puerta no había nadie a quien dirigirse, así que estuvo todo el día sentado y andando alrededor hasta la caída de la noche con el corazón alegre y sin pensar en la sed o el hambre. Sólo pudo ver algunas veces a la muchacha, quien le espiaba y se asombraba de que él no se marchara. Una ancianita que se apoyaba en un bastón salió, miró hacia él y le dijo: «¿Dé dónde venís? He oído que estáis esperando ahí fuera desde esta mañana temprano. ¿Qué pensáis hacer? ¿No tenéis hambre?». El joven se puso rápidamente de pie, hizo una reverencia y le contestó: «Quería visitar a unos parientes». Tuvo que repetirlo dos veces para que la vieja, que era dura de oído, le comprendiera; entonces ella le preguntó cómo se apellidaban aquellos importantes parientes. Pero como él no supo decirlo, ella se rió y le invitó a entrar: tendría que dejar la visita para otra ocasión. Él siguió muy contento a la anciana a través de la puerta de entrada y por el camino, que estaba empedrado de cantos blancos y rodeado por tupidos arbustos de flores rojas. Las paredes interiores de la casa eran blancas y estaban tan pulidas como si fueran espejos. A través de la ventana se veían los racimos de flores de un manzano. Todo estaba limpio y era hermoso: cojines, alfombras, mesas y cama. Mientras una sirvienta preparaba la comida por orden de la anciana, él contaba cosas sobre sí y sus parientes. La anciana le preguntó: «¿Vuestro abuelo no se llama Wu?». Cuando le hubo respondido afirmativamente, ella le dio una explicación: «¡Entonces sois sobrino mío! Vuestra madre es mi hermana pequeña. Como en estos años atrás hemos vivido en muy malas relaciones y no había hombre en la casa, se acabó la comunicación entre la familia. Sobrino, habéis crecido tanto que no os he reconocido». Él repuso: «Precisamente he venido a causa de mi tía y con las prisas he olvidado el nombre». «Me llamo Tsin —le dijo—, y no tengo hijos. Aquí sólo hay una muchachita que nació de una concubina. Su madre ha vuelto a casarse y me la ha dejado para que la eduque. No es nada tonta, pero ha tenido poca formación y no sabe lo que es realmente la vida. Esperad un poco que voy a ir a buscarla, para que os salude». Entonces se presentó la sirvienta y sirvió la comida. Él comió y después la anciana hizo que fueran a buscar a la muchacha. Pasó mucho tiempo y luego se oyó una risa sofocada afuera. La anciana le gritó: «Ying Ning, tu primo está aquí. ¡Deja de reírte ahí afuera!». La criada la hizo entrar de un empujón. Ella cerraba la boca, pero no podía dejar de reírse. La anciana la miró con ojos llenos de seriedad: «Hay un huésped y tú no dejas de reírte. ¿Qué es esto?». Entonces dejó de reírse. La muchacha avanzó y Wang le hizo una reverencia. La anciana le dijo: «Éste es tu primo. Somos de la misma familia y no nos conocemos todavía. ¡Qué vergüenza!». El joven le preguntó: «¿Qué edad tiene la prima?». La anciana no le oyó, y Ying Ning volvió a echarse a reír de forma que ella no pudiera verla. La anciana dijo: «¡Ya ves que no ha aprendido nada! ¡Ya tiene dieciséis años y se comporta tan tontamente como una niña!». «Entonces es justo un año más joven que yo», contestó el joven. «Entonces tú ya tienes diecisiete años —dijo la anciana—, ¿con quién estás casado?». Él le contestó que todavía no tenía esposa, a lo que ella replicó: «¿Cómo es posible que tú con tu físico y con tu talento no estés prometido? Ying Ning tampoco tiene esposo. Haríais buena pareja. ¡Qué pena que exista el impedimento del parentesco!». El joven no dijo nada, miraba a Ying Ning y no le daba tiempo a mirar a ningún otro sitio. La criada le susurró a Ying Ning al oído: «Sigue teniendo brillantes ojos de ladrón», con lo cual Ying Ning volvió a echarse a reír. La sirvienta la miró y dijo: «¡Vamos a ver si los melocotones verdes ya están en flor!». Ying Ning se levantó, manteniendo la manga delante de la boca y se dirigió a la puerta a pasitos cortos.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker