Cuentos Chinos

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Cada vez que la madre estaba turbada o muy enfadada, ella venía y se echaba a reír expulsando el mal humor. Si las criadas habían hecho algo y temían que las pegara, iban a verla a ella y le pedían que hablara en su favor a la suegra y así no les ocurría nada. Ella tenía un gran amor por las flores, en realidad era una pasión. Preguntaba por todas partes en la vecindad por ellas; y llegaba incluso a ceder sus alfileres de oro para poder comprar las más bellas. Unos meses más tarde había flores por todas partes, los paseos del jardín y los escalones, de forma que no quedaba ningún sitio libre de flores. Un rosal trepador de gran vivacidad se encontraba en la parte posterior de la casa, en el muro que separaba el jardín del vecino. A menudo subía Ying Ning a él para coger flores con que adornarse los cabellos. Un día vio al hijo del vecino, que la miraba sin apartar los ojos de ella. Ella no bajó la cabeza; se rió. El vecino pensó que ella estaba de acuerdo y todavía concibió más esperanzas. Ella le indicó un lugar bajo el muro y bajó; el vecino pensaba que se habían dado cita y al anochecer se dirigió muy contento a aquel lugar. La vio y sintiéndose muy feliz, fue a su encuentro; pero se apartó con un fuerte grito: no era Ying Ning; se trataba simplemente de la forma de un árbol podrido, y un escorpión que había en un agujero de una rama le picó. El viejo vecino se presentó con su mujer y le preguntaron lo que había ocurrido. Él Ies contó toda la historia, pero se murió aquella misma noche. La vecindad se quejó entonces a Wang porque él practicaba con Ying Ning el arte de la brujería. Pero el oficial sabía que Wang era un verdadero sabio. Por eso tomó la queja de su vecino por maledicencia y como castigo le hizo azotar. Pero cuando Wang intercedió por él, le dejó que se marchara. La madre de Wang habló con Ying Ning: «¡Tú y tu descaro! Ya sabía yo que la soberbia no trae nada bueno. El juez es un hombre esclarecido, por eso no nos ha castigado. Pero si hubiera sido un tonto, seguro que hubiera llevado al tribunal público a la mujer y al hijo. ¿Con qué cara se hubiera presentado mi hijo entonces ante la familia?». Entonces Ying Ning la miró muy seriamente y no se volvió a reír. La madre le dijo que no tenía que dejar de reír para siempre, sólo cuando no hubiera una causa para reírse; pero Ying Ning no se volvió a reír, incluso cuando intentaban hacerla reír. A pesar de todo no se dejó abatir.


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