Cuentos Chinos

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Un día que estaba sentada enfrente de su marido, empezaron a caérsele las lágrimas. A la pregunta de qué le ocurría le contestó ella con voz apagada: «Cuando pienso que hace tan poco tiempo que vivo contigo, creo que no debería decírtelo, porque podría asustarte o parecerte un impedimento. Pero viendo que vosotros dos, tú y tu madre me queréis tanto sin reservas, espero que no te importe que hable francamente contigo. Es verdad que soy la hija de una zorra. Al morir mi madre me confió el espíritu de la mujer difunta de mi padre, gracias a la cual hoy me encuentro aquí. Mi anciana madrastra está perdida en las montañas y nadie ha reunido sus miembros, de forma que no puede descansar en paz. ¡Si tú no tienes miedo al trabajo, calma sus penas!». Wang estuvo de acuerdo y fueron a buscar un ataúd. Encontraron realmente el cuerpo y lo enterraron en la tumba familiar.

Desde entonces, el matrimonio iba siempre en primavera el día de los difuntos a la tumba de la familia Tsin y hacían ofrendas y se ocupaban de que nada faltara en la sepultura. Al año siguiente, la joven dio a luz un hijo que no sentía miedo alguno de los extraños y que siempre se estaba riendo, incluso cuando le tenían en brazos. Eso lo había heredado de su madre.



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