Cuentos Chinos
Cuentos Chinos El viejo Siá se sentía muy disgustado. Preparó una ofrenda y se dirigió al templo a rezar. Explicó que él se sentía indigno de contraer lazos de parentesco con un dios. Cuando hubo terminado su plegaria, en la carne de la ofrenda y en el vino aparecieron grandes gusanos que pululaban reptando. Los echó y se volvió a casa con la cabeza llena de ideas negras. No supo qué más hacer y dejó que las cosas siguieran su curso.
Un día salió el joven Siá a la calle. Un mensajero se presentó ante él con la embajada del rey de las ranas, en la que le pedía que se presentara urgentemente ante él. No tuvo más remedio que seguir al mensajero. Él le condujo a través de una puerta roja a unas habitaciones magníficas de altos techos. En el salón había un anciano que bien tendría ochenta años. Siá se echó a sus pies en señal de homenaje. El anciano le dijo que se pusiera en pie y le señaló un sitio en la mesa. Enseguida llegaron muchachas y mujeres a toda prisa para ver cómo era. El anciano se volvió hacia ellas y les dijo: «¡Id a la habitación a decir que el novio ha llegado!».