Cuentos Chinos

Cuentos Chinos

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La nueva pareja vivió en paz y concordia. Y desde la boda los suegros reales se acercaban con frecuencia a su casa. Si los trajes que llevaban eran rojos, había una buena noticia; si eran blancos es que iba a haber una ganancia segura. Y así la familia fue prosperando con el tiempo.

Pero desde que habían emparentado con los dioses, las ranas pululaban por las habitaciones, por los patios, por todas partes, y nadie se atrevía a hacer nada. El único joven y despreocupado era Siá Kung-Schong. Si estaba de buen humor, no se preocupaba por las ranas, pero si estaba de mal humor, no tenía ninguna piedad y las mataba intencionadamente.

La joven esposa era en general respetuosa y discreta, pero podía enfadarse fácilmente. No estaba de acuerdo con lo que hacía su marido. Pero Siá no le daba el gusto de dejar de ser tan primitivo. Entonces ella le reprobó su actitud y él se enfadó.

«Tú te has creído —le dijo— que porque tus padres pueden atraer la desgracia sobre los hombres, ¿va un hombre justo a tener miedo de las ranas?».



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