Cuentos Chinos
Cuentos Chinos La mujer evitaba miedosamente pronunciar la palabra «rana»; por eso se enfadó al oírle y le contestó: «Desde que vivo en vuestra casa, vuestros campos han producido más y se ha conseguido un mayor precio de compra. Eso no es poco. Pero ahora que en vuestra casa el joven y el viejo se sientan mano sobre mano y que han comido, haces como la joven lechuza que le saca a su madre los ojos cuando empieza a tomar alas».
Siá se enfadó todavía más y continuó diciendo: «Hace mucho que esos dones me parecen malos y le tengo antipatía. Yo no puedo llevar sobre mi conciencia el hecho de transmitir esa herencia a los hijos y a los nietos. Sería mejor que nos separásemos inmediatamente».
Así echó a su mujer, y antes de que sus padres se hubieran enterado, ella ya se había marchado. Sus padres le rogaron y le dijeron insistentemente que fuera a buscarla, pero él, que todavía estaba enfadado, no quiso ceder.
Esa misma noche se pusieron la madre y el hijo enfermos. Estaban agotados y no comieron nada. El padre se dirigió al templo lleno de preocupación para rogar perdón. Rezó con tanta devoción que tres días más tarde los enfermos volvían a estar curados. Y la princesa rana también volvió y ambos vivieron felices y en armonía como anteriormente.