Cuentos Chinos

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La joven estaba todo el día allí, dedicada sólo a su limpieza y a maquillarse, y no se ocupaba de las labores femeninas. De modo que la madre de Siá Kung-Schong se tenía que encargar siempre de la ropa de su hijo.

Un día que la madre estaba enfadada dijo: «Mi hijo tiene mujer y sin embargo yo me hago cargo de todo el trabajo. Entre nosotros es la nuera la que sirve a la suegra».

La princesa la oyó por casualidad. Entró enfadada y empezó a decir: «¿Acaso me he olvidado alguna vez, como es costumbre, de ir a ver cómo os encontrabais por la mañana o por la noche? Lo que me reprocháis es únicamente que yo me puedo ahorrar todas las cargas duras porque no tengo apego al vil dinero». La madre no le contestó ni una palabra. Lloró calladamente a solas para no tener que avergonzarse.

Su hijo entró a verla y vio las huellas de las lágrimas de su madre. Le obligó a decirle la razón y se enteró de lo que había ocurrido. Furioso, se lo echó en cara a su mujer. Ella argumentaba y no quería reconocer su falta. Al final Siá le dijo: «¡Es mejor no tener mujer alguna que tener una que no procura ninguna alegría a su suegra! Y además, ¿qué puede hacerme la gran rana si yo le hago daño además de enviar la desgracia y tomar mi vida?». Y volvió a repudiar a su mujer.


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