Cuentos Chinos
Cuentos Chinos Cuando nació Confucio, apareció un kilin y escupió una piedra de nefrito, en la que había una inscripción: «¡Hijo del cristal de roca, tú te convertirás en un rey no coronado!».
El niño fue creciendo. Cuando alcanzó una altura de nueve pies, era de cara negruzca y feo. Los ojos eran saltones, la nariz arregazada. Los labios no llegaban a ocultar sus dientes y las orejas presentaban unas enormes aberturas. Pero trabajaba mucho en sus estudios y se interesaba por todo. Así llegó a ser santo.
En una ocasión subió a lo más alto de una gran montaña con Yán Hui, su discípulo preferido. Desde allí la vista abarcaba hasta Yangtsekiang en dirección al sur.
«¿Puedes ver qué es eso que ondea en la torre de la ciudad de Wu?», le preguntó a Yán Hui.
Yán Hui miró en aquella dirección con atención, forzando su vista, y respondió: «Es un trozo de tela blanca».
«No —le respondió Confucio—, es un caballo blanco».
