Cuentos Chinos

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Él se echó a llorar y dijo: «No soy un ladrón. Es sólo que tengo mucho cariño a la señorita y quería estar una vez cerca de ella».

Entonces vieron los agujeros en la pared y le dijeron que un muchacho no era capaz de hacerlos. Entonces sacó la azada y habló de su fuerza maravillosa. También les dejó que la probaran. Ellos se asustaron y se maravillaron de ese regalo de los dioses. Las doncellas querían contarle todo a la madre. La muchacha estaba de pie con la cabeza inclinada, sumergida en profundos pensamientos, y pareció no estar de acuerdo.

Entonces se adelantaron a sus pensamientos y dijeron: «El muchacho es de buena familia y parece no haber tenido ninguna mala intención. Vamos a dejarle que se marche. ¡Seguro que terminará casándose con vos! ¿Qué tal si le decimos a vuestra madre mañana por la mañana que ha entrado un ladrón?».

La muchacha no respondió. Metieron prisa al muchacho para que se marchase; pero él quería que le devolvieran su azada.

Una de las doncellas se la dio sonriendo y le dijo: «¡Un muchacho de ideas fijas!; no olvida su arma del delito».


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