Cuentos Chinos
Cuentos Chinos La señora Ho era anciana y frágil. Cada vez que cogía a su nieto en brazos pensaba en su madre y sentía una punzada en el corazón. Se fue poniendo enferma hasta el punto de no poder levantarse y de rechazar los alimentos. Sólo tenía ganas de comer pescado, pero no había peces en los alrededores, hacía falta recorrer cien millas para ir al primer sitio en que los vendían. Todos los sirvientes a los que enviaron volvían sin haber ejecutado la orden. Como el joven respetaba a su madre de verdad, no pudo soportar seguir viendo lo que ocurría. Cogió dinero y se marchó él solo. No se permitió reposo ni de día ni de noche. Por fin llegó a una montaña. El sol ya se había puesto. Cojeando, siguió avanzando paso a paso. Un viejo le alcanzó y le dijo: «Te has herido los pies caminando, ¿verdad?». Él le respondió que sí. El anciano le hizo sentarse en el borde del camino, encendió un fuego, puso polvo en un papel y le ahumó los dos pies. Cuando hubo terminado le dijo que intentara andar. El dolor había desaparecido y él se sintió al momento fortalecido. Le dio las gracias de corazón.
El anciano le preguntó por qué tenía tanta prisa y él le contó la enfermedad de su madre y al final le contó la historia de toda su vida.
«Y ¿por qué no vuelves a casarte?», le preguntó el anciano. «Porque no he vuelto a encontrar una mujer tan buena como ella», le contestó.