Cuentos Chinos

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El anciano no lo contradijo. Le hizo señas a su hija de que le siguiera y luego le condujo a él a la puerta trasera de la vivienda. Apenas estuvo él delante de la puerta, el padre y la hija la cerraron de un golpe y desaparecieron. Él miró a su alrededor y vio una pared de piedra cortada ante él sin grietas ni incisiones. Estaba allí de pie solo y abandonado, y no sabía adónde ir. Miró al cielo. La luna sesgada brillaba arriba en el cielo y las estrellas ya habían comenzado a palidecer. Permaneció mucho tiempo allí enfadado. Él mismo se daba pena y se echaba las culpas, dio la vuelta al muro y gritó, pero no hubo respuesta alguna. Estaba encolerizado. Sacó el hachita de su cinturón y empezó a cavar un camino. Cavaba y se paraba. En un momento había cavado tres o cuatro pies. Entonces oyó una voz que venía de muy dentro y que le decía: «¡Niño depravado!», y entonces cavó con fuerzas renovadas. En lo más profundo del agujero se abrió una puerta. El viejo empujó a Margarita fuera y dijo: «¡Vete, vete!», y volvió a cerrar la pared de piedra. Ella le dijo enfadada: «Si me quieres como esposa, ¿por qué has tratado así a mi padre? ¿Quién era ese anciano taoísta que te dio ese maldito objeto con el cual tú conduces a la gente a la desesperación?».




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