Cuentos Chinos
Cuentos Chinos TODOS los dioses verdaderos tienen en la cabeza una corona redondeada. Cuando el resto de los dioses o demonios perciben este reflejo, se encogen y no se atreven a moverse. El Señor del Cielo se ocupa en la montaña del tigre-dragón de las relaciones entre todos los dioses. En una ocasión subió el dios de la guerra, Guan Di, en un momento en el que el encargado de los círculos de vecinos estaba visitando al Señor del Cielo. El Señor del Cielo rogó al hombre que se retirara y que permaneciera en la cámara interior, y él salió fuera a atender al dios de la guerra. Pero el encargado miró por una rendija de la puerta. Vio al dios de la guerra con el rostro rojo, vestido con un traje verde: terrible e infundiendo respeto. De repente, brilló sobre su cabeza un halo rojo, cuyo brillo alcanzó hasta el fondo de la habitación interior, de manera que el propio encargado se vio cegado. Tras un tiempo, se volvió a marchar el rey de la guerra y el Señor del Cielo le acompañó. Guan Di dijo de repente, consternado: «¡Confucio llega! El reflejo de su halo alumbra todo el mundo. No estoy a mil millas de él. Voy a salir rápidamente a su encuentro». Con estas palabras, se subió a una nube y desapareció. El Señor del Cielo le contó entonces al encargado lo que ocurría y añadió: «¡Por suerte no habéis visto al dios de la guerra cara a cara! Aquel que no es altamente virtuoso y no ha llegado a la sabiduría absoluta, se funde ante su brillo». Al acabar de hablar, le dio una píldora con el elixir de la vida para que se la comiera, y los ojos ciegos volvieron a ver.
