Cuentos de hadas Rusos
Cuentos de hadas Rusos El príncipe se agarró fuertemente a su cabalgadura y el caballo saltó al mar. Al principio se hundió bajo las olas, pero no tardó en salir a la superficie nadando con suma facilidad. El sol llegaba a Poniente cuando el Príncipe desmontó en la Isla de la Vida Eterna. Lo primero que hizo fue quitar al caballo los arreos para que paciese cómodamente en la verde hierba, y en seguida se dirigió corriendo a la cima de una distante colina, donde podía ver desde la playa un grandioso roble. Se dirigió al árbol sin rodeos, lo cogió con ambas manos, lo sacudió con toda su alma y después de hacer los más violentos esfuerzos, lo arrancó de cuajo, de donde había estado arraigado durante siglos. El árbol se derribó gimiendo y en el lugar donde había echado las raíces apareció un hoyo en cuyo fondo se veía un arca forrado de hierro. El príncipe la sacó, rompió la cerradura con una piedra, la abrió y apresó la liebre que trataba de escaparse. La oca que estaba debajo emprendió el vuelo hacia el mar. El príncipe le disparó una flecha, la hirió, el ave dejó caer el huevo el mar, y huevo y ave desaparecieron tragados por las olas. Junak lanzó un grito de desesperación y corrió hacia la orilla. El Príncipe nada pudo ver, pero al cabo de unos minutos, notó una agitación del agua y vio que a él se dirigía nadando en la superficie, el pez al que había salvado. El animal llegó hasta la arena, y depositó o los pies del Príncipe el huevo perdido diciendo: