Cuentos de hadas Rusos

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- Ya ves, Príncipe, que no he olvidado tu bondad, y ahora aprovecho la oportunidad de pagarte el favor que me has hecho.

Y dicho esto, desapareció en el fondo del mar. El Príncipe cogió el huevo, montó a caballo, y luego de cruzar el mar con el corazón lleno de esperanza, se dirigió a la isla donde la Princesa Sudolisu velaba el sueño de sus súbditos en su Palacio Encantado. Estaba el palacio cercado de un muro y guardado por el Dragón de Doce Cabezas. Éstas dormían por turno, seis cada vez, de modo que era imposible hallarlo desprevenido ni matarlo, porque sólo podía morir por sus propios golpes.

Al llegar a las puertas de¡palacio, Junak mandó a su maza que se adelantase para abrirle camino, y en efecto, la maza se arrojó sobre el Dragón y empezó a machacarle las cabezas sin contemplaciones. Tan formidables eran los golpes que descargaba, que en un momento quedó el Dragón hecho pedazos. Aún vivía y se retorcía y agitaba el aire con sus garras y abría sus doce fauces de las que salían otras tantos lenguas como lanzas de fuego; pero no podía coger nunca la maza, y por fin, atormentado y lleno de rabia se clavó él mismo sus afiladas zarpas y murió.

El Príncipe, entonces, atravesó las puertas del palacio y después de dejar su fiel caballo en el establo, se dirigió, armado con su maza, a la torre donde la princesa estaba encerrada. Al verlo ella, exclamó:


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