Cuentos de hadas Rusos
Cuentos de hadas Rusos - No se trata de insensateces -le gritó la mujer,- sino de una caldera llena de plata y oro.
- Tú has perdido el juicio, querida esposa. Perdonad, honorables señores. Haced el favor de interrogarla minuciosamente sobre el asunto, y si puede probar lo que dice contra mí, estoy dispuesto a responder con todos mis bienes.
- ¿Y tú crees que no puedo probar lo que digo contra ti? ¡Lo probaré, granuja! Le diré cómo sucedió todo, señor escribano. Lo recuerdo perfectamente sin olvidar detalle. Fuimos al bosque y en un árbol vimos un besugo.
- ¿Un besugo? -interrumpió el escribano.- ¿0 pretendes burlarte de mí?
- No, señor, no quiero burlarme de nadie sino decir la verdad.
- Pero, honorables señores -advirtió el marido,- ¿cómo podéis darle crédito si dice tales desatinos?
- ¡No digo desatinos, cabeza de alcornoque! Digo la verdad. ¿O ya no recuerdas que luego encontramos una liebre en la nasa del río?
Todos los asistentes se retorcían de risa y el mismo escribano se sonreía alisándose la barba. El campesino, dirigiéndose a su mujer, la aconsejó:
- Frena tu lengua. ¿No ves que todo el mundo se te ríe? Y vosotros, honorables señores, ¿no os habéis convencido ya de que no se le puede creer?