Cuentos de hadas Rusos
Cuentos de hadas Rusos - No te apenes, papá -dijo la hija,- y no juzgues a mi prometido por las apariencias, pues aunque venga volando, no por eso lo querremos menos.
Y la hermosa joven se encerró en su aposento, puso el clavel rojo en agua, abrió la ventana y se quedó contemplando el cielo. Apenas había el sol traspuesto el bosque, cuando, sin saber de dónde llegó, raudo, ante la ventana, Fenist, el halcón radiante, agitó su plumaje como un manojo de flores, se pasó en el alféizar, entró volando al aposento, cayó al suelo y se transformó en un apuesto guerrero de belleza incomparable. La doncella se asustó y estuvo a punto de gritar, pero él la cogió suavemente de la mano y la miró con ternura en los ojos, diciendo:
- ¡No temas, amada mía! Cada noche, hasta que nos casemos, vendré volando a tu lado. Siempre que pongas en la ventana el clavel rojo acudiré a la cita. Aquí tienes una plumita de mi alita. Siempre que desees alguna cosa, sal a la galería y agita la plumita en el aire, y lo que desees aparecerá ante ti.
Luego Fenist, el halcón radiante, besó a su prometida y salió por la ventana volando. Dejó tan prendada a la doncella, que desde entonces, cada noche ponía ella el clavel en la ventana, y siempre que esto hacía, Fenist, el halcón radiante, acudía a su lado en forma de un joven guerrero.