Cuentos de hadas Rusos

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El Zarevitz reflexionó un momento y se dijo: "Sería tonto no tomar a mi servicio a tan gallardos jóvenes. En tierra extraña, pueden serme de gran utilidad". Y a cada uno de ellos asignó un cargo: a uno lo nombró su escudero, a otro su cocinero, y ordenó a Iván que nunca se alejase de su lado.

Al día siguiente, se vistió el Zarevitz en traje de ceremonia y fue a pretender la mano de la tres veces sabia Elena. Ella le dispensó una cortés acogida, lo obsequió con exquisitos manjares, y luego le dijo:

- No me disgusto ser tu mujer, pero antes es preciso que demuestres tus méritos. Si cumples mis encargos, seré tu fiel esposa; pero si no los cumples, tu altiva cabeza caerá de tus hombros,

- ¿Por qué asustarse antes de tiempo? ¡Dime lo que he de hacer, tres veces sabia Elena!

- He aquí mi primer encargo: He de tener acabado para mañana lo que no te diré y para lo que yo no sé; dame una prueba de tu inteligencia trayéndome su parigual.

El Zarevitz salió del palacio cabizbajo. Pero Iván le salió al encuentro y le dijo:

- Confiésame la causa de tu pena, Zarevitz, y saldrás ganando.

- Pues, mira -dijo el Zarevitz,- que Elena me ha encargado algo que no hay hombre, por sabio que sea, que lo pueda cumplir. -Y le contó lo sucedido.


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