Cuentos de hadas Rusos

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- ¿Y qué? ¿Ha logrado el Zarevitz proporcionarme algo tan maravilloso como esto?

- ¡La Zarevna me parece que exagera el mérito! Manojos de esas fruslerías te dará si quieres.

Y todo el palacio prorrumpió en gritos de admiración cuando el Zarevitz mostró los cabellos del abuelo. La tres veces sabia Elena se indignó, corrió a su aposento y consultando sus libros de magia descubrió que no era el Zarevitz el adivino y sabio, sino su criado favorito Iván, el hijo del comerciante. Volvió, pues, a la sala de recepción y dijo en tono de suave y falsa persuasión:

- No has adivinado mis acertijos ni has cumplido mis encargos por ti solo, Zarevitz, sino con la ayuda de tu criado favorito Iván. Me gustaría conocer a ese joven bondadoso. Tráemelo enseguida.

- No tengo un criado sino doce, Zarevna.

- ¡Pues traedme al llamado Iván!

- Todos se llaman Iván.

- Pues que vengan todos -ordenó ella, porque pensaba: "Ya descubriré yo al culpable".

El Zarevitz mandó a llamar a sus criados y los doce jóvenes comparecieron en la corte. Todos tenían el mismo aspecto y la mismo estatura; sus voces eran iguales y entre ellos no había ni un pelo de diferencia.

- ¿Cuál de vosotros es el principal?

Todos gritaron a un tiempo:


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