Cuentos de hadas Rusos

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El Gnomo se sacudió de las férreas manos de Zorka, aunque dejando las puntas de su bigote en sus puños, y se escapó a todo correr. De nada sirvió que Zorka lo persiguiese, porque se elevó en el aire como una pluma ante sus ojos y desapareció en las alturas. Zorka volvió a la cabaña y se sentó junto a la ventana a esperar a sus queridos hermanos. Éstos se sorprendieron de hallar a su hermanito sano y salvo y con la comida preparada. Pero Zorka sacó de su cinto las puntas del bigote que había arrancado al monstruo y dijo a sus hermanos sonriendo:

- Hermanos míos, permitid que me ría del dolor de cabeza que os ha producido el fuego. Ahora se ha visto que ni en fuerza ni en valor sois compañeros dignos de mí. Voy, pues, sólo en busca del caballo prodigioso. Vosotros podéis volver a la aldea a cavar la tierra.

Se despidió de sus hermanos y prosiguió el viaje solo.

Estaba a punto de salir del bosque cuando vio una choza desvencijada de la que salían lamentos dolorosos.

- A quien me dé de comer y de beber, a ése serviré -decía el ser humano que se quejaba.

El compasivo joven se acercó a la choza y encontró a un hombre cojo y manco que no cesaba de gemir, hambriento y sediento. Zorka le dio de comer y de beber y le preguntó quién era.


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