El cantar de los Nibelungos

El cantar de los Nibelungos

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—Bien podéis hacerlo sin deshonor —dijo Hagen—; es de muy noble linaje, hijo de un rey poderoso. Paréceme que está preocupado; Nuestro Señor Jesucristo sabrá por qué. No creo sean aventuras insignificantes las que le han hecho venir.

—Que sea bienvenido —dijo entonces el señor de aquel país—; es bravo y noble, bien lo sé, y esto le será muy útil en el país de los Borgoñones.

El rey Gunter salió al encuentro de Sigfrido. El real huésped y sus hombres recibieron al extranjero de una manera tal, que nada se echó de menos en su cortesía. El agradable señor se inclinó al escuchar tan lisonjeras frases.

—Me extrañó la noticia —dijo el rey— de que hubierais venido hasta este país, noble Sigfrido. ¿Qué habéis venido a buscar en Worms sobre el Rhin?

El extranjero respondió al rey:

—No os lo ocultaré en modo alguno. En el reino de mi padre supe que aquí a vuestro alrededor se encontraban los guerreros más valientes que rey pudo reunir, y he querido convencerme de ello: mucho he oído contar y por esto he venido.

»También os oí nombrar por vuestro valor; dicen que jamás se vio un rey tan bravo. Las gentes hablan mucho de ello en todos los países; no quiero marcharme ya sin haber probado vuestra bravura.


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