El cantar de los Nibelungos
El cantar de los Nibelungos La verdad es que nadie podrá decir con exactitud cuán grande era el poder de aquella corte, la extensión de sus fuerzas, su alta dignidad y el valor de aquellos caballeros que sirvieron con alegría a sus jefes durante toda su vida.
Véase lo que Crimilda soñó: el halcón salvaje que domesticara empleando tantos días, lo vio estrangulado entre las garras de dos águilas y nada en la tierra podía causarle pesar tan grande.
Cuando refirió el sueño que había tenido a su madre Uta, ésta no pudo dar a su sencilla hija más que la explicación siguiente:
—El halcón que tú domesticabas es un noble esposo, que si Dios no te lo conserva, habrás de perder muy pronto.
—¿Qué me dices a mí de esposo, querida madre mía? Quiero vivir siempre sin el amor de un guerrero, a fin de que por ningún hombre pueda sentir la menor pena. Así pues permaneceré doncella toda mi vida.
—No hagas votos tan anticipadamente —le respondió su madre—; si en este mundo experimentas alguna vez la felicidad del corazón, ésta te vendrá por el amor de un esposo. Te vas haciendo una hermosa mujer; quiera Dios unirte a un buen caballero.