El carnicero de Sarospatak
El carnicero de Sarospatak Lea llegó a su departamento y al ingresar recogió a su gata Rosa que maullaba insistentemente. Le dio de comer y luego se duchó mientras se sentía como salida de un sueño, como habiendo vivido una situación irreal y fantástica. Salió del baño desnuda secándose la cabeza y observó sobre la mesa del comedor un sobre marrón. Lo tomó y extrajo del mismo su contenido. Eran las fotos que le había dado Martin Bormann, o quien fuese. Y las notas que ella había tomado. Todo era real.
En ropa interior, con una toalla en su cabeza y un cigarrillo en sus labios, se sentó frente a su máquina de escribir y comenzó a tipiar.
* * *
El lunes bien temprano Lea llegó a la redacción del semanario «Estrella Azul». Decirle redacción era una muestra de bondad. Se trataba de una vieja casona reciclada en donde no solamente se generaba esta publicación, sino también otras de aparición más espaciada, se editaban libros y funcionaba además el estudio contable de Sergio Bulstein, el propietario. Había algunos pocos empleados de tiempo completo como Lea, el resto eran colaboradores free-lance. El semanario tenía buena reputación dentro de la comunidad pero solo emitía unos pocos miles de ejemplares semanalmente, y se sostenía fundamentalmente con el aporte de cuatro o cinco auspiciantes de la comunidad judía y algo de publicidad estatal que habían conseguido del gobierno radical.