El carnicero de Sarospatak
El carnicero de Sarospatak —Buenos dÃas Sergio, necesito hablar con vos. Urgente.
—Hola Lea, ¿cómo estás? Dejame que veo un temita del balance de una empresa nueva que tomamos y estoy con vos, es un boliche de un amigo, chiquito, más para hacerle un favor porque lo conozco de...
—Sergio, cuando te digo que es urgente, es urgente. Por favor...
—Buenos, dale, vamos a mi oficina.
Ingresaron a la oficina de Sergio que era, en realidad, la única oficina de la modesta empresa.
—Sergio, cerrá la puerta por favor.
—Pero Lea, ¿qué te pasa? ¿Vas a renunciar? —dijo Sergio sin poder contener una sonrisa.
—Te quiero hacer una pregunta, muy en serio: ¿qué necesitás para sacar una edición de 50.000 ejemplares?
La sonrisa de Sergio se desdibujó y miró fijamente a Lea. ConocÃa esa mirada desde su niñez.
Estaba hablando en serio.
—¿Qué necesito?, a ver, veamos, dos cosas. Primero, una noticia que sea lo suficientemente importante para que atraiga a personas fuera de nuestro cÃrculo. Y segundo, bueno, plata para poder financiar la edición. No te digo una fortuna pero un buen número, que se cubrirÃa con la venta de los ejemplares y los ingresos por publicidad. ¿Adónde vas con todo esto?