Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago Ella tiene tal alegrÃa que se desmaya al instante. Acuden a sostenerla una monja que allà estaba y el venerable anciano, con gran compasión. Al volver en sÃ, la reconforta asegurándole que es verdad lo que le ha dicho.
—Buen señor, por Dios, ¿cómo lo sabéis? Me habéis dado la mayor alegrÃa que ha tenido mi corazón. Si no fuera cierto, lo sentirÃa mucho más que antes.
—Lo sé gracias a alguien que lo ve por la mañana y por la tarde. Si se hubiera quedado con vos, y vos hubierais seguido siendo señora de Benoic, no hubiera estado tan a gusto como está ahora en el sitio en que lo están criando.
—Ay, señor, decidme dónde está y si es un lugar donde yo no pueda verlo, miraré hacia allà frecuentemente y asà me aliviaré, aunque no lo vea.
—Señora, no os lo puedo decir; sólo os diré que está sano y salvo. Y no hubierais sabido ni siquiera eso —y yo tampoco lo sabrÃa— si no fuera porque los que lo cuidan quieren que vuestro corazón esté tranquilo y a gusto.
—Ay, señor, por Dios, decidme, si podéis, si está en poder de enemigos suyos o si por el contrario está en manos de gente que sólo quieren el bien para él.