Historia de Lanzarote del Lago

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Se separa de los demás y va rápidamente al encuentro de Héctor, sin yelmo. Cuando éste lo ve, se reconocen con facilidad.

—Señor —le dice a Héctor—, que Dios sea adorado, pues estáis fuera de la prisión: había mucha gente apesadumbrada.

Héctor lo abraza y le da la bienvenida.

—¿Cómo sabíais que estaba en prisión?

—Señor, el señor de la Estrecha Marca me lo hizo haber, y yo venía con toda la gente que pude reunir, temiendo por vuestra vida, pues matasteis a Maltaillié.

—Por Dios, estaría muerto de no haber sido por un hermano suyo, llamado Ladomás, que me salvó en cuanto pudo: me considero en deuda con él, y le serviré si se da el lugar y la ocasión en que me necesiten él o su amiga, que es muy prudente, discreta y cortés. ¿Todas esas gentes son vuestras?

—Señor, una parte es mía; los demás son del señor de la Estrecha Marca y de Marganor: cada uno ha mandado cuantos hombres ha podido reunir con tanta precipitación. Tened por seguro que hubierais visto el mayor ataque de vuestra vida, toda esta gente contra el castillo: tenéis en esta tierra más amigos de los que creéis.

Héctor se lo agradece.


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