Historia de Lanzarote del Lago

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—Sí.

Entonces se separan y espolean a los caballos, golpeándose con toda la fuerza; iban tan deprisa que las lanzas de los dos vuelan en pedazos y se hacen trozos, pero ninguno de ellos cayó al suelo, sino que pasaron de largo y echaron mano de las espadas; se dan tales golpes en los escudos, que los rompen y rajan, y se enfrentan con tal vigor, que no les queda un momento para reposar; han perdido sangre por muchos sitios, y se acerca el mediodía. Para entonces su ímpetu ha decaído bastante y sus fuerzas se han debilitado tanto, que los golpes valen poco. Uno de los lazos del yelmo de Héctor se ha roto, de forma que se le va hacia un lado y se le cae un poco hacia atrás; se tiene que parar un momento para enderezarlo. Mientras tanto, mi señor Galván se detiene para recuperar el aliento; ve que debe ser alrededor de mediodía; apoyado en uno de los pilares del arco de la calzada, a caballo, limpia su espada Escalibor, que está llena de sangre. Héctor, por su parte, hace lo mismo y mi señor Galván lo contempla: entonces reconoce la espada por la empuñadura, el pomo y las letras; se acerca a él y le pregunta cómo se llama.

—¿Para qué queréis saberlo?

—Me gustaría.

—Me llamo Héctor.

—¡Héctor, sed bienvenido!


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