Historia de Lanzarote del Lago

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A continuación, mete la espada en la vaina y se quita el yelmo; cuando Héctor lo ve, lo reconoce sin dificultad.

—Ay, señor, ¿qué he hecho? Por Dios, perdonádmelo.

—Por el nombre de Dios, obrabais con toda razón, y yo no; hace un rato que os debía haber preguntado cómo os llamabais, pues sabía que os encontrabais en esta tierra; por no haberlo hecho antes me siento culpable.

—Señor, gracias; no tenéis razón, pues no hay nadie que sea tan valiente y noble como vos.

—Por Dios, vos sois el caballero del mundo de vuestra edad con el que menos desearía combatir, tanto porque me habéis prestado buenos servicios, como porque tenéis bastantes condiciones como para ser temido.

Entonces le da la mano y juntos se dirigen a donde estaban los servidores, que se admiran, preguntándose quién puede ser aquel caballero, a quien mi señor Galván honra de modo semejante. Les dice que se considera vencido y que no seguirá combatiendo. Héctor no lo acepta, al contrario, dice que es él el vencido.

—Señor —le dicen los servidores a mi señor Galván—, le hicisteis un gran honor al quitaros el yelmo antes que él; suya debe ser la honra.

Héctor se siente muy avergonzado, pero a la fuerza mi señor Galván hace que inscriban su nombre.


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