Historia de Lanzarote del Lago

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Por la mañana, los de la Roca colgaron de las almenas los cuatro escudos al lado de los otros dos. Cuando la reina los vio, tened por seguro que lo sintió mucho y hubiera preferido morir a seguir viva. Era día de combate. Sólo hubo lamentaciones cuando la noticia llegó a los compañeros de mi señor Galván. Mi señor Yvaín dijo que era necesario darle consejo a la reina, pues estaba sufriendo mucho. Con el permiso de los otros diecisiete la hace salir y ella se presenta muy contenta al saber quién la llamaba.

—Señora —le dice—, habría ido a veros ahí dentro, pero no puedo entrar en ninguna de las casas del rey Arturo antes de que haya finalizado completamente nuestra búsqueda. Vengo a reconfortaros, no desmayéis, pues si Dios quiere, obtendréis buenos consejos. ¿Tenéis noticias de mi señor Galván?

—No.

—Está en ese castillo con tres de los mejores caballeros del mundo, aunque no sé quiénes son.

La reina cae entonces a los pies de mi señor Yvaín, suplicándole que tenga piedad de la honra del rey y de la suya. La levanta y se echa a llorar él mismo, al ver que está llorando, pues no hubo nunca dama tan querida por las gentes de su señor como la reina Ginebra.


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