Historia de Lanzarote del Lago

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—Señor, soy tan desleal y tan traidor como habéis oído; sabed que la desgraciada que está muriéndose ahí arriba no hizo nada sino por culpa mía. Por eso os ruego y suplico, por Dios, que toméis venganza de este desdichado cuerpo, que es tan traidor y desleal; y que la venganza sea tal que no se oiga hablar nunca de otra mayor para quien ose emprender tan gran traición. Según pienso, mi alma sentirá alivio pues cuantos mayores sufrimientos pase el cuerpo en esta vida, menores tormentos tendrá el alma en la otra.

El rey hace la señal de la cruz sin cesar por la sorpresa que tiene. Muchos de los caballeros que estaban presentes se alegraron; pero fue mi señor Galván el que más alegría tuvo, y le dijo al rey:

—Señor, menos mal que no dimos muerte a mi señora, tal como yo lo advertí; pero fue gracias a Dios, primero, y a Lanzarote después. Ciertamente no puede durar una traición sin ser descubierta.

Mientras que el rey estaba oyendo los extraordinarios hechos que le contaba Bertholai el Viejo y las palabras de mi señor Galván, vinieron a buscarle para ir al lado del ermitaño que estaba ante la reina; acude allí acompañado por todos los caballeros. Cuando ésta lo ve venir, llora con amargura y pide compasión por Dios. «Señor, os suplico piedad como la cosa más pecadora de cuantas viven».


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