Historia de Lanzarote del Lago

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Así habla Farién furioso, y de los otros doce sólo se atrevió a moverse uno, Graier, señor de Altos Muros, que con orgullo se había vanagloriado de que mataría a Claudás. Tomó un hacha parecida a la de Farién y se dirigió hacia él como lo haría un valiente lleno de atrevimiento.

Farién lo ve venir y se vuelve hacia él con rapidez. Ninguno de los dos tenía escudo y se dan tan grandes hachazos, y tan fuertes, sobre los yelmos, que se los abollan con el acero, a pesar de que eran muy buenos y resistentes. Los dos caballeros eran valientes y esforzados, y sus golpes caían con fuerza y acierto: a Graier se le rompió la cervellera y quedó tan aturdido, que se cayó y dio un fuerte golpe en el suelo con el hombro. Después, también cayó Farién, que hincó una de las rodillas en tierra. El caballero al que había herido Lambegue con la pica se puso en pie, pues no estaba herido de muerte, y es tal el miedo que siente por los enemigos que ve a su alrededor, que —si pudiera— se defendería, pero la sangre que le cae del cuerpo como un torrente, hace que se sienta débil; a pesar de todo, toma la lanza que había dejado el que tenía la espada de Farién y se dispone a defenderse, aunque no encuentran a nadie que quiera atacarles, pues los otros diez dicen que no romperán su juramento por dos estúpidos. Y todos ellos, que no pensaban en cometer la traición, no tenían yelmo.


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