Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago Entra mi señor Galván en el cementerio con el escudo al cuello y la espada ceñida al costado; cuando se acerca a las tumbas, se sorprende más que antes, pues ve que las espadas se levantan sobre las mismas completamente solas y que se dirigen hacia él dándole tales tajos en el yelmo que los pies no le pueden sostener y queda tan aturdido que cae a tierra de rodillas y tiene que apoyar las manos. Cuando va a levantarse, nota que caen sobre su cabeza tal cantidad de golpes que no sabe cómo esquivarlos y vuelve a caer al suelo, permaneciendo un gran rato desmayado. Cuando vuelve en sí, abre los ojos y se encuentra en la otra parte del cementerio, junto a la puerta de la capilla, delante de Héctor. Siente una gran vergüenza; se pone en pie y dice que aunque tenga que morir, irá a la tumba: se coloca el escudo ante la cabeza, desenvaina la espada y se dirige hacia las tumbas de nuevo. Cuando ya está cerca, las espadas vuelven a ir contra él; se cubre lo mejor que puede, pero es en vano, porque esta vez le va peor que antes: se encuentra tan mal que la sangre le brota por la nariz, por la boca y por los ojos, y tiene tal dolor que cree que va a morir allí mismo; se desmaya y permanece mucho tiempo con ese daño. Al volver en sí, se encuentra de nuevo en la puerta de la capilla, tal como antes, pero tan cansado y agotado que apenas puede hablar. Héctor está padeciendo por él y le pregunta cómo se encuentra: