Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago Así se marcha mi señor Galván, llorando, lamentándose y quejándose, y cabalga durante todo el día sin beber y sin comer; por la tarde llega a casa de un ermitaño que se llamaba Segre; llegó antes de que el santo varón hubiera cantado las vísperas y mi señor Galván las oyó con mucho gusto. A continuación, el ermitaño entró en su celda y le preguntó a mi señor Galván quién era y de qué tierra, a lo que él le dijo toda la verdad.
—Señor —le dice el ermitaño—, sed bienvenido. Ciertamente, sois el hombre al que yo más deseaba ver de todo el mundo. Pero por Dios, ¿dónde habéis pasado la noche?
Mi señor Galván está tan afligido que no le puede contestar, sino que las lágrimas le acuden a los ojos. Entonces el santo hombre se da cuenta de su tristeza y deja de hablarle, diciendo solamente:
—Señor, por Dios, no sufráis por nada que os haya ocurrido, pues no hay nadie, por valiente que sea, al que no le haya ocurrido alguna desgracia.
—Señor, bien sé que a muchos valientes les oculten desgracias, pero nunca le ocurrieron tantas a un solo hombre como a mí desde hace quince días.
A continuación le cuenta todas las aventuras que le habían sobrevenido por la noche. El ermitaño lo mira y se espanta tanto que no dice una sola palabra en un buen rato; cuando puede volver a hablar, comienza: