Historia de Lanzarote del Lago

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—Por mi fe, señor caballero, me da igual vuestro agradecimiento y el suyo, pues por ello no haré nada que pueda ser vergonzoso para mí. Se me debería tener por loco si os entregara mi caballo para ir a pie. No sois sensato si pensáis que lo voy a hacer.

—¿No lo haréis por mí?

—Ciertamente, no.

—Entonces tendréis que combatir, ya que no puede ser de otro modo.

Se separan uno de otro más de un arpende y vuelven lo más deprisa que pueden sus caballos. El caballero golpea a mi señor Yvaín, atravesándole y partiéndole el escudo, pero la cota es tan fuerte que las mallas no le ceden. La lanza vuela en pedazos, empujada por la gran fuerza del caballero. Mi señor Yvaín, que llevaba la lanza un poco baja, la golpea de forma que le atraviesa el escudo, la cota, y le mete la lanza en el lado izquierdo; empuja con fuerza y valor, lo derriba del caballo al suelo y recupera la lanza que aún no se había quebrado, sujetando con las manos las riendas del caballo de su enemigo: lo coge y se lo entrega a la doncella.

—Tomad, doncella. ¿Quedo libre de la promesa que os he hecho?

—Señor, así es.

—Ahora os encomiendo a Dios.

Se va, dejando a la doncella del pabellón que se lamenta por su amigo, que está herido y teme que muera.


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