Historia de Lanzarote del Lago

Historia de Lanzarote del Lago

—¡Lambegue, Lambegue, callad; no es necesario que vayáis tan deprisa, pues en breve me alcanzaréis y lo mismo que puedo defenderme de ser llamado traidor, sabrás que no soy cobarde!

Cuando Lambegue lo ve venir, se alegró más que nunca. No tardó en llegar a donde estaba el rey, pues ya llevaba un rato galopando con un caballo fuerte, rápido y veloz. Claudás no va a su encuentro, sino que le espera con la espada desenvainada. Lambegue lo golpea en el pecho, un poco alto, apoyándose con toda su fuerza: si lo hubiera alcanzado un poco más abajo, con la rabia que llevaba y la fuerza con que iba, lo hubiera matado sin remedio. A pesar de todo, lo golpeó con vigor y él pensó que moriría rápidamente derrotado; pero los arzones lo sostuvieron derecho y no se movió con el choque; las mallas de la cota resistieron sin ceder. El rey tenía mucha fuerza: la lanza voló en pedazos y al paso de Lambegue le dio un tajo con la espada en el rostro: el yelmo no pudo evitar que la espada llegara hasta las mallas de la cota y a la cofia que había debajo. Lambegue se quedó aturdido: con la espada dio contra el arzón de atrás y los ojos le hicieron ver chispas en la cabeza. Claudás, por su parte, cayó del arzón después del golpe que había recibido y quedó así durante un buen rato.


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