Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago A continuación se marchan del palacio y van al patio de abajo; montan en los caballos cubiertos de hierro y descienden por la ciudad, hasta que llegan al campo en el que el rey había hecho clavar picas y tensar cuerdas para marcar el lugar del combate; los jueces habían establecido que el primero que saliera de las cuerdas sería vencido, según la decisión común de todos los nobles. Cuando los caballeros entraron en el parque, les indicaron los límites que harían que fueran vencidos si los pasaban. Al punto galoparon el uno contra el otro, con las lanzas bajadas y los escudos delante del pecho; se golpearon con tanta fuerza que atravesaron y agujerearon los escudos, pero las cotas de mallas eran tan fuertes y estaban tan apretadas que no se rompieron; se chocan con tal fuerza que las lanzas vuelan en pedazos y se derriban al suelo con los caballos encima de los cuerpos. El otro caballero quedó malherido al caer; se levanta con algún esfuerzo, pues tiene que hacerlo; desenvaina la espada y se coloca el escudo ante la cabeza. Boores se dirige hacia él con el acero levantado y le da tan gran golpe en el yelmo que le hace hincar las dos rodillas en el suelo, aturdido por la caída del caballo y por los golpes que había recibido, de forma que no puede levantarse. Boores le asesta otro golpe y le alcanza en el yelmo, haciéndole caer boca abajo, tan dolorido y tan angustiado que piensa que va a morir sin confesión, y tiene menos fuerza para levantarse que si estuviera muerto. Boores le quita el yelmo de la cabeza y le da un gran golpe con la empuñadura de la espada, haciendo que le salga sangre; luego, le baja la ventana y le dice que lo matará si no se da por vencido. El caballero, que se ve en peligro de muerte, pide piedad, ya que no puede hacer otra cosa y le entrega la espada, que Boores recibe. En esto llegaron a ellos los que custodiaban el campo; hacen tender a Mariale y lo arrastran fuera del campo como vencido y cobarde; si los nobles no hubieran suplicado por él, el rey le hubiera privado de sus tierras y desterrado de allí para siempre; pero por amor a sus hombres que se lo rogaron, lo dejó.