Historia de Lanzarote del Lago
Historia de Lanzarote del Lago —Os lo voy a decir, pues bien la sé; sabed que es uno de los milagros más hermosos de cuantos habéis visto. Según dicen los de esta tierra, cuando vuestro abuelo el rey Lanzarote fue enterrado, la noticia se extendió por toda la región, y cuando vuestra abuela lo supo, vino de inmediato y quería sacarlo de donde había sido enterrado y meterlo en la capilla. Pero no hubo ningún hombre, por fuerte que fuera, que pudiera moverlo, de modo que se dieron cuenta de que no le agradaba a Nuestro Señor que fuera sacado de allí; entonces colocaron encima la tumba que vos levantasteis. Todos los días ocurrían hechos admirables a la misma hora que había muerto y salían todos los días gotas de sangre que tenían la virtud de que cualquier caballero que hubiera sido herido, cuando llegaba allí y tocaba con la sangre sus heridas, al punto sanaba. Esto se supo por todo el país, de forma que todos los caballeros que eran heridos en este bosque, acudían y se curaban de inmediato. Un día, pasaba por aquí delante un león y perseguía a un ciervo, al que alcanzó delante de mí y lo mató; cuando se lo iba a comer, vino un león de otra parte, joven y hambriento de la carne que veía comer. El que había llegado primero no se lo permitió y defendió la carne con todas sus fuerzas. De esta forma empezó la pelea de los dos leones, que se atacaron violentamente con las zarpas y los dientes, recibiendo cada uno más de diez heridas. Después de herirse gravemente, cuando ya no podían resistir más, uno de ellos se acercó a la tumba de la que salían las gotas de sangre al mediodía. Cuando estuvo junto a la tumba, empezó a lamer la sangre y a untarse las heridas que lo tenían maltrecho; al instante se curó de las heridas y estuvo tan sano y fuerte como antes. Cuando el otro lo vio, hizo lo mismo que había hecho el otro; hicieron las paces, de manera que después no volvieron a pelearse ni a enfrentarse, y se acostaron uno a los pies y el otro a la cabeza de la tumba, custodiándola como si los enemigos fueran a atacarla. Muchas veces, cuando los caballeros andantes venían para curarse, no podían acercarse a la tumba por los leones, y si lo intentaban a la fuerza, los leones les daban muerte, de forma que la tumba no estaba sin alguno de los leones de día o de noche. Cuando tenían hambre y ganas de comer, uno iba en busca de alimento y el otro se quedaba: la tumba permanecía custodiada en todo momento. Así fue la historia de los dos leones, tal como os he dicho, y la de la tumba de la que visteis salir las gotas de sangre.